El Trípode. Pedro Ibarra

 

25 años poetizando el anarquismo: Iván Darío Álvarez. Rafael Uzcátegui

Cine

 

FLORES DE INVERNADERO Y CULTURA IMPERIAL

Germinal

 

Resulta llamativa la aparente contradicción que representa el distinto tratamiento que se le da a la guerra en el cine y en los medios informativos. Así, mientras se decreta el más completo apagón informativo –salvo para que la CON filtre las operaciones que interesen- en conflictos como el de la Guerra del Golfo o en Yugoslavia, éstos mismo sucesos sirven para que la industria cinematográfica realice productos melodramáticos que conmuevan al espectador. Este es el caso de estas Flores de Harrison.

 

Aparentemente la película nos presenta un caso más de la sin razón de la guerra. De la violencia bendecida por los estados, aunque esta perspectiva apenas queda reflejada en un argumento más interesado por las vicisitudes de la mujer que cree ciegamente, en contra de todas las apariencias, que su marido continúa vivo. Sí aparece en toda su crudeza la barbarie guerrera. La que ejecutan los de a pie, los anónimos. Con lo que las responsabilidades se desvían hacia el difuso campo de la acción individual. Además, de que quienes la realizan son personas ajenas al confortable mundo de la civilizada democracia norteamericana.

 

Es este aspecto, el que más me ha interesado. Al contrario de otras películas, como las últimas de Milos Forman, o aquella inquietante Entrevista con el vampiro (CNT, marzo de 1995), en esta ocasión no hay el menor atisbo de crítica del mundo más cercano al de los autores, y en el caso de una película USA hay que incluir en lugar preferente a los productores, no sólo al director. Aunque motivos no faltan. Basta con echar una ojeada a los periódicos para encontrar una amplia batería de ejecuciones, violencia indiscriminada o explotación de los desfavorecidos. Incluso se permite un guiño al espectador local, al norteamericano que, como su actual presidente, cree que los habitantes de Grecia, se llaman grecianos o que España se encuentra debajo de México. Yugoslavia, Croacia, Bosnia no son más que lejanas referencias situadas por la existencia de un aeropuerto situado en una ciudad perteneciente a otro extraño lugar llamado Austria.

 

Parece como si, tras unos años de dudas, de inseguridad, el Imperio se hubiera reafirmado interiormente al compás de la bonanza económica, la superación de la crisis política originada por la afición a los chupa-chups de su anterior presidente y la vuelta a los valores de siempre del presente a pesar de su accidentada elección convertida, finalmente, en un espectáculo televisivo. Espectáculo de la violencia, quizás sea la mejor definición de esta película que nos muestra cómo aguerridos reporteros bélicos tienen su corazón, sus vacilaciones y sus aficiones, como las de cultivar flores de invernadero.

 

Distanciada, alejada de los problemas inmediatos y falta de la profundidad necesaria para convertir el tema en un valor universal, que nos golpee a todos, Las flores de Harrison se convierte en un artificio, como el cultivo de una exótica planta tropical en la fría Nueva York. La acción poco interesa. Como no hace gracia el chiste sobre si en Austria existen aeropuertos. Para descripción de la violencia, ya la retrató mejor Sam Peckimpah (si se escribe así, porque no tengo a mano la chuleta de turno); sobre el conflicto balcánico nos quedamos con Before the rain (CNT, mayo de 1995); para la descripción de las motivaciones que llevan a un individuo a convertirse en un héroe o un sicario, reciente está el ejemplo de Bailando en la oscuridad.

 

¿El interés? Ya lo he dicho, constatar como la cultura del Imperio es capaz de fagocitar temas, de proporcionar a sus ciudadanos la tranquilidad de conciencia necesaria para, tras retratar -darlas a conocer se dice en la película- las iniquidades mundiales poderse retirar en busca de un merecido descanso a cultivar su afición preferida. El Imperio vuelve a levantar la cabeza. Lo peor de todo es que lo que relata ha sucedido. Pero, como se dice en el mundo periodístico, no hay que dejar que la verdad estropee un buen artículo. Tenemos ejemplos de sobra para saber cómo la ficción es capaz devorar la realidad hasta convertirla en algo tan lejano como Marte. ¿Es este el deseo oculto en tanto viaje espacial?

Dirección y produción: Elie Chouraqui.
País:
Francia.
Año: 2000.
Duración: 126 min.
Interpretación: Andie MacDowell (Sarah), David Strathairn (Harrison), Elias Koteas (Yeager), Adrien Brody (Kyle), Brendan Gleeson (Stevenson), Alun Armstrong (Samuel Brubeck), Marie Trintignant (Cathy), Christian Charmetant (Jeff), Caroline Goodall (Johanna Pollack), Diane Baker (Mary Francis), Scott Michael Anton (Cesar Lloyd), Quinn Shephard (Margaux Lloyd), Bela Grushka (Nina Portnoy), Joel Kirby (Michael), Amy Huck (Cybil), Christopher Clarke (David).
Guión: Elie Chouraqui, Didier Le Pêcheur e Isabel Ellsen; basado en el libro "Le Diable a l'avantage" de Isabel Ellsen.
Música: Bruno Coulais.
Fotografía: Nicola Pecorini.
Montaje: Jacques Witta.
Diseño de producción: Giantito Burchiellaro.
Vestuario: Mimi Lempicka.