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Cultura
cnt
n°318 diciembre 2005
2
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J. Blasco
R
esulta que no se sabe quien fue aquel
que invento el tenedor. El uso que le
damos en la actualidad y a cuyo
manejo estamos tan acostumbrados,
no lo fue tal en épocas pasadas. De
hecho, su introducción en la mesa como instru-
mento para llevarse la comida a la boca llevaría
mucho tiempo: ni los egipcios ni los romanos hací-
an uso de él, y su consolidación en Europa data
del siglo XVIII o principios del XIX.
Los Primeros tenedores constaban de dos dien-
tes puntiagudos, y algunas personas, más que
usarlos para llevarse los alimentos a la boca, los
utilizaban como mondadientes.
Y aquellos que decidieron lanzarse a experi-
mentar su uso, y hasta que su destreza se lo per-
mitió, sufrían de numerosos problemas tales como
pinchazos en los labios, encías etc.
Su introducción en Europa parece clara, en el
siglo XI, pero no así la persona que trajo consigo
los hábitos de su uso. Algunos historiadores han
reflejado que fue una princesa bizantina casada en
Venecia en 1095, con Pristo Agrícola Argila. Ésta
hacia uso del tenedor, y su marido junto al resto
de la corte, quedó muy sorprendida por el hecho,
que sin embargo, y pese al empeño de introducir
su uso, no fue muy popular.
El Rey de Francia, Carlos V, conoció el uso del
tenedor en uno de sus viajes a Polonia durante el
siglo XIV. Aunque intentó extender su uso, sin
embargo (según se cuenta) no tuvo mucho éxito
debido a su homosexualidad.
A finales del siglo XVIII el viajero británico Mr.
Thomas Coyat, descubrió el uso del tenedor en
Italia. Y se llevó consigo la costumbre a Inglaterra.
En España el tenedor comienza a usarse en el
siglo XIX. Barcelona fue la ciudad que creó la pri-
mera fábrica de fabricación de tenedores.
Parece ser que el invento del tenedor vino
determinado por la falta de higiene al comer los
alimentos con la mano. Es destacablea, además,
que se hayan encontrado vestigios de tridentes en
las excavaciones de Pompeya, pero solamente en
las cocinas para trinchar las carnes.
¿Tan importante resulta el uso del tenedor en
la actualidad? Salvo para comer los espaguetis y
como arma del delito trinchado sobre algún faci-
neroso explotador, me parece a mi que no.
TAGLIATELLE AL PESTO
INGREDIENTES:
400 gr. de tagliatellle
1 Manojo de albahaca
1 cucharada de piñones
1 diente de ajo
4 cucharadas de queso parmesano
1 tacita de aceite de oliva
Elaboración:
Llevar a ebullición los tagliatelle, junto con
un chorrito de aceite hasta que estén al
dente
.
Mientras se cuecen, ir haciendo la salsa al
pesto.
Deshojar la albahaca y lavar las hojas.
Introducirlas en la batidora e ir moviendo
mientras se le añade parte del aceite.
Introducir los piñones, el queso, el ajo, sal
y seguir batiendo añadiendo más aceite hasta
encontrarle el punto exacto.
Servir los tagliatelle y el pesto aparte para
que cada cual se eche a su gusto.
gastronomía
Germinal
M
uchas veces me he lamentado de
la escasa preocupación del cine
español por las cuestiones de
actualidad. Su falta de compro-
miso con su realidad más cerca-
na. Aunque siempre hay excepciones. Este mes
me voy a referir a una de ellas: a la película de
Alberto Rodríguez, 7 Vírgenes. Un director que ya
había dado muestras de su conexión con el mundo
social que le rodea con El traje (cnt, enero 2003).
En esta ocasión se acerca a la juventud margina-
lizada. Sobre ella se han hecho bastantes pelícu-
las pero, en pocas ocasiones, como lo ha hecho el
cineasta sevillano: una disección fría, tan gélida
que parece que la sangre que corre por sus venas
parece hielo. No significa distanciamiento, ni
siquiera que adopte una posición moralizante.
Todo lo contrario, el pulso de la película es tan
tórrido como las vicisitudes de los protagonistas.
La sociedad cada vez está más escindida. Cada
una de sus partes tiene su propio mundo que igno-
ra a los demás. Las diferencias se agrandan. Nacer
en un determinado barrio supone tener una espe-
ranza de vida de cuatro años más que los que
nacen en otro. Gustos, posibilidades económicas,
perspectivas vitales cada vez divergen más. A la
vez también crece la falta de información que se
tiene de los demás. Así, hoy, en un centro esco-
lar un "pijo" puede ser alguien que lee, por ejem-
plo. La consecuencia es que el temor a los demás
aumenta proporcionalmente a la lejanía con la que
se perciben "los otros". El miedo al "extraño", a
quien no es como nosotros, a la falta de com-
prensión de las causas de su conducta, guía las
reacciones sociales.
Acercarnos al mundo de esos jóvenes destina-
dos a convertirse en "miserables" es la primera vir-
tud de la película de Rodríguez. En pocas
ocasiones una elipsis como la carrera final del pro-
tagonista ha cobrado tanto significado para el
espectador. Ante nuestros ojos pasan, disecciona-
dos desde dentro, aquellos a los que sólo se ven
cuando van subidos en una moto que viene en
dirección prohibida, o que concentran la mirada de
dependientes y clientes de un supermercado o
que, apenas, se atisban en las aceras de esos
barrios que cruzan por las ventanillas del coche en
el que vamos para desparecer tal como han llega-
do: por sorpresa y sin despedirse.
La segunda es no caer ni el victimismo ni en
el "estudio antropológico". Los chavales que apa-
recen ante nuestros ojos no pretenden ser una
"copia" de los "reales". Tienen vida propia, son en
sí mismo "verdad" sin que aparezca la "mano" de
su constructor. Por ello el espectador entra en la
acción sin darse cuenta, comienza a ver, que no a
entender o comprender, las motivaciones de esas
personas que hasta entonces se diluían tanto que
ni siquiera les llegaba a considerar como tales. Es
la postura moral, sin moralidad. Es decir la que nos
muestra el conjunto de facultades del "espíritu" de
Tano y Richi sin dotarlas de bondad o malicia. Un
hecho que ha despertado la alarma entre las men-
tes "bien pensantes" que han querido ver una
supuesta justificación de determinadas conductas.
Francia se ha visto convulsionada por la acción
de estos jóvenes que han dado suelta a su rabia
atacando a uno de los elementos más representa-
tivos de la sociedad: los coches. La alarma crecía a
la vez que aumentaban el número de los vehícu-
los destruidos. Como en los inicios de la aparición
del proletariado, cuando el viejo régimen señorial
era sustituido por el nuevo liberal basado en la pro-
piedad privada, los sectores sociales más débiles
daban suelta a su malestar en espasmódicos movi-
mientos. Aparentemente sin finalidad y completa-
mente incomprensible tanto para los viejos señores
como los nuevos burgueses que se unían ante el
temor que les producía, ante la aparición de un
"fantasma" que recorría campos y ciudades.
7 vírgenes, está muy bien interpretada. Sobre
todo por el desconocido actor que encarna a Richi.
También, magníficamente fotografiada, sin hacer
de lo que son zonas cutres, espacios estéticos y
sobre todo especialmente bien construida. Tanto
en el guión, como montada y, sobre todo, con res-
pecto a lo que Rodríguez ha querido hacer y decir.
El resultado: quizás el primer retrato de los "mise-
rables" españoles.
* En el titular se hace referencia a la denomina-
ción que se le ha dado a los protagonistas de
la revuelta francesa, utilizando el título de la
obra de Victor Hugo.
Los Miserables
*
españoles
cine
El tenedor
7 vírgenes
Drama
Dirección:
Alberto Rodríguez
Guión:
Alberto Rodríguez y Rafael Cobos López
Intérpretes:
Juan José Ballesta, Jesús Carroza,
Vicente Romero, Alba Rodríguez, Julián Villagrán,
Manolo Solo, Ana Wagener, Maite Sandoval
Montaje:
J. Manuel G. Moyano
Fotografía:
Alex Catalán
Música:
Julio de la Rosa, Jorge marin
Producción:
José Antonio Félez
España, 2004
1 h 26 min
Ante nuestros ojos pasan, diseccionados desde dentro,
aquellos a los que sólo se ven cuando van subidos en
una moto que viene en dirección prohibida, o que
concentran la mirada de dependientes y clientes de un
supermercado