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A
sí han denominado a última
hora, tal vez con intento des-
pectivo, las escuelas de la inicia-
tiva de Ferrer. Si la denominación
se propaga como es fácil, dada la
rutina personalista dominante, nada se habrá
perdido; se recargará en el diccionario enci-
clopédico la definición de la palabra escue-
la con esta nueva acepción, sobre las siete
u ocho que ya tiene: "ferrerista", la adap-
tada al método de La Escuela Moderna, fun-
dada por Francisco Ferrer, fusilado en los
fosos de Montjuich el 13 de octubre de
1909, por su amor a la educación y a la
enseñanza racional del pueblo".
En cambio se habrá ganado la ventaja de
establecer una diferencia clara y positiva
entre la escuela laica y la escuela racionalista.
Diferenciación necesaria y urgente, por-
que la araña política -tan semejante a la
araña religiosa en el arte de tender sus redes
para cazar crédulos, unos en la eficacia del
voto, otros en la eficacia de la oración- quie-
re usurpar el prestigio francamente progre-
sivo de la Escuela Moderna confundiéndola
con el laicismo.
El adjetivo laico aplicado a la escuela tiene
razón de ser en Francia, de donde procede
con esa significación, y en donde no sólo la
enseñanza habría sido religiosa, sino que
religioso habría sido el profesorado; com-
puesto en su mayor parte por esos herma-
nucos de la doctrina cristiana, que solían
verse por ahí con sotana y sombrero de tres
candiles.
La República Francesa se sacudió de esa
lepra, y al adoptar la enseñanza obligatoria,
encargó de ella al profesorado civil. Por tanto,
cívica y no laica debería llamarse esa clase
de enseñanza.
Cívica es además esa enseñanza en aten-
ción a su objetivo -puesto que hija del
Estado- a imponer sumisión, al legalismo se
dirige, en oposición a la enseñanza religio-
sa y de la Iglesia que sólo se propone la sumi-
sión al dogma.
El carácter democrático y hasta revolu-
cionario que se atribuye a la enseñanza laica,
se funda en que: si es algo, ha de ser anti-
clerical, y así han hablado de ella en España
los republicanos; pero téngase en cuenta que
aquí la escuela aunque sea religiosa en su
esencia es y ha sido laica, porque los maes-
tros en general no eran clérigos ni herma-
nucos, sino funcionarios civiles y en tal
concepto hasta los clericales podrían acep-
tar la "escuela laica" con más razón que la
que ellos llaman "escuela libre".
La educación e instrucción de la infancia,
en la sociedad razonable del porvenir, no se
hará a la sombra de dominación alguna, por-
que no habrá de ser sectaria ni revoluciona-
ria; cumplirá sencillamente una función social.
Como dijo Bakunin con perfecta precisión:
la enseñanza de la Iglesia trata de hacer del
hombre un santo; la enseñanza del Estado, un
ciudadano; ambas pretenden amoldar al hom-
bre a la ciencia y a la obediencia.
La Escuela Moderna, las escuelas racio-
nalistas, o si se quiere "ferreristas", que
siguen aquella gloriosa iniciativa, quieren
que niños y niñas lleguen a ser mujeres y
hombres en pleno desarrollo natural e inte-
lectual que la naturaleza y el progreso recla-
man.
Véase ahora la diferencia entre la escue-
la religiosa, la escuela laica y la racionalis-
ta: la primera tiene por base, a la vez que por
objetivo, la religión; la segunda, la demo-
cracia; la tercera, el hombre y la humanidad.
La escuela tradicional y la religiosa ense-
ña al niño la fe en la revelación, la creencia
en el misterio y en el milagro, y la obedien-
cia a los superiores.
La escuela laica y democrática le enseña
las lecciones constitucionales, la historia
patriótica y le dispone para el cuartel, el
comicio y la fábrica, si es pobre; y para vivir
a sus anchas si, como industrial, rentista o
propietario, pertenece a la categoría de los
usurpadores de la riqueza social, a la que
provee el Estado democratizado de repre-
sentantes y mandarines.
La escuela racionalista o "ferrerista",
esencial y absolutamente opuesta a las ante-
riores, nos enseña, educa y prepara a la infan-
cia de ambos sexos, por el conocimiento de
las cosas y el ejercicio de la razón, a la vida
humanamente social y a la perfecta solida-
ridad humana.
Los que gritan ¡viva la escuela religiosa!,
llegan a canónigos, obispos o alcanzan pre-
bendas, gangas y pueden morir en olor de
santidad.
Los que gritan ¡viva la escuela laica!, si
tienen palabra fácil y poca aprensión, pue-
den ser diputados, gobernantes o ministros
con casaca al revés o al derecho, lo mismo da.
Gritando ¡viva la Escuela Moderna!, se
muere acribillado a balazos en el foso de un
castillo maldito.
Muelas del Pan, septiembre de 1933
(Artículo aparecido en La voz del Trabajo,
el 24 de septiembre de 1933).
cnt
n°315 agosto-septiembre 2005
Opinión
2
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Parece ser que la historia gusta de repetirse una y otra vez.
Dicen que la testarudez del hombre es grande, pues no se
limita a tropezar en una ocasión con la piedra, sino que
vuelve a encontrarse de nuevo, y en varias ocasiones,
con el molesto canto.
Carlos Coca
L
os socialistas, y demás partida-
rios de la "izquierda reconocida",
han redescubierto el "chollo de la
enseñanza laica", y con un reno-
vado discurso tolerante y demo-
crático, han comenzado una tímida cruzada
para eliminar, parcialmente, la oferta obli-
gatoria de la enseñanza confesional de la
religión en los centros educativos; mínima
en consecuencias, pues la asignatura de reli-
gión sigue y seguirá en todos los colegios e
institutos a elección de ser cursada o no por
el alumno, pero bastante amplia en difusión
publicitaria pues páginas y páginas, minu-
tos y minutos se han rellenado con la genui-
na promesa gubernamental.
Los mass media, nos empezaron a hacer
creer en ser esto el inicio "de la separación
de la iglesia del Estado", como si con cemen-
to estuvieran pegados... El gobierno socia-
lista, por su parte, justifica esto como "una
necesidad democrática, constitucional y res-
petuosa con el conjunto de los ciudadanos
y de sus confesiones religiosas"; en fin, lo
de siempre pero con distintos amos.
Mi interés por informarme sobre los suce-
sos ocurridos anteriormente (dícese, por los
temas históricos), aún a riesgo de no ser
reconocidos o más bien no rememorados
por la historiografía oficial, me llevó
casualmente a dar con un artículo de opi-
nión, aparecido en un periódico obrerista
zamorano de los años 30, firmado por un
personaje, hasta entonces totalmente desco-
nocido para mí, llamado José López Marcos,
del pueblo zamorano de Muelas del Pan.
En su redacción José López Marcos, rea-
liza una contundente defensa por el siste-
ma de enseñanza de la Escuela Moderna
ideado por el pedagogo libertario Francisco
Ferrer y Guardia, de los beneficios y pro-
gresos instructivos del sistema raciona-
lista y "de la sociedad razonable del
porvenir"; y curiosamente, hace ya más
de 70 años, advierte de los peligros, tergi-
versaciones e intereses políticos creados en
torno a la consolidación de la "enseñanza
laica".
La lectura y reflexión sobre el citado artí-
culo, me parecen muy apropiadas a día de
hoy, pues a mi juicio no han perdido ni un
ápice de actualidad e interés.
Sin más, a manera de sencillo homenaje
a un libre pensador de mi tierra obligado al
olvido, os dejo con el artículo, juzguéis
vosotros que mis comentarios bastan.
Las Escuelas Ferreristas
Las Escuelas Ferreristas
La escuela racionalista nos enseña, educa y
prepara a la infancia de ambos sexos, por el
conocimiento de las cosas y el ejercicio de la
razón, a la vida humanamente social y a la
perfecta solidaridad humana
Gritando ¡viva la Escuela Moderna!, se muere
acribillado a balazos en el foso de un castillo
maldito